Comenzamos el sábado a las 5 de la mañana cogiendo el tren de la muerte camino del Desfiladero del Fuego del Infierno. Es el tren que construyeron los prisioneros de guerra aliados y varios miles de asiáticos para los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. El tren, de madera, recorre durante dos horas las montañas y la jungla camino de Birmania, aunque queda cortado a mitad de camino. Un recorrido plagado de puentes, entre ellos el del río Kwai.
El domingo seguimos nuestra ruta hacia el oeste y llegamos a Shangklanburi. El pueblo, nuevo, está situado sobre un pantano descomunal que sepultó la antigua población. Un paraje impresionante y un puente de madera serpenteante, el más largo de Tailandia, que comunica el pueblo con el poblado mon, una etnia asiática. Allí, entre gallos de pelea y hormigas, descubrimos un lugar dejado de la mano de dios, fuera de rutas turísticas y que deslumbra desde el primer vistazo.
Y desde allí, al Desfiladero de las Tres Pagodas, la frontera con Birmania. La frontera es complicada de cruzar, salvo que entres en una de las tiendas que tiene una puerta abierta en Tailandia y otra en Birmania. Y entonces sí, puedes poner un pie en Birmania, con mucho tiento, no sea que te vean los soldados.
Desde el lunes por la noche estamos en Bangkok, pero mañana nos vamos a Camboya. Seis días en Phom Pen y Angkor, siguiendo nuestra ruta asiática. Ya estamos en el ecuador del viaje, pero aún nos queda tute, así que sin prisa pero sin pausa, os seguiré poniendo los dientes largos.
Un abrazo