Ayer por la tarde llegamos a Phnom Penh...un lugar no apto para determinadas conciencias y, desde luego, poco apto para cardíacos. El aeropuerto está en medio de la ciudad, primera sorpresa. El conductor de tuc tuc, muy majete él, nos llevó al hotel que le vino en gracia, vivir de comisiones es así.
En tiempos mejores la ciudad debió ser bastante agradable, bonita y habitable. Hoy queda poco de eso. Algún recuerdo en forma de edificio destartalado, un par de amplias avenidas y el barrio de las embajadas. Sin embargo, mientras nos tomábamos una cerveza con el Mekong a tiro de piedra y los niños de la calle nos asaltaban el bolsillo y la conciencia, uno se imaginaba ser el americano impasible, aunque esto sea Phnom Penh y no Hanoi.
La avenida que camina paralela al río te lleva por la zona de los cafés extranjeros hasta el Palacio Real y al Museo Nacional, con las esculturas khmer. Pero como siempre en este viaje, nos llovía, así que preferimos ir a ver el Memorial del Genocidio. Porque, por si alguno lo había olvidado, aquí Pol Pot y sus compinches se cargaron a un millón y medio de camboyanos, un tercio de la población.
La vieja escuela donde se sitúa el memorial fue empleada como centro de tortura y muerte por los jemeres rojos. Estremece. Es espeluznante ver las celdas de madera, mínimas; las salas de tortura, con camastros de metal; las fotos de los detenidos y de las fosas comunes. Diecisiete mil personas pasaron por este centro de exterminio. Sobrevivieron nueve. Y mientras caminas en silencio por los cuatro edificios de la escuela tienes la sensación de escuchar los gritos desgarradores de los niños, las mujeres, los ancianos, que murieron aquí.
Ahora, después de un interminable viaje, estamos en Sihanoukville, en la costa camboyana. Una ciudad que toma su nombre del rey Sihanouk, que fue el que "trajo" la independencia a los camboyanos, pero que se alió con Pol Pot para echar de aquí el gobierno que habían puesto los americanos. Como siempre, el delirio hace extraños compañeros de cama.
Un beso a todos
1 comentario:
La verdad es que es espeluznante, estoy de acuerdo contigo. Pero a mi me impresionó también, allí mismo si mal no recuerdo, una exposición de fotografías mostrándote que los carceleros y gente reclutada por Polpot también fueron en cierto grado víctimas. Qué espíritu el de los camboyanos, qué delirio de historia sanguinaria.
Brindo por camboya y por vosotros!!
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