lunes, 10 de noviembre de 2008

Resurrección en rosa

La locura se esconde en cada rincón de Tailandia. Es habitual cruzarse con atrapados en cualquier punto de Bangkok, y esta ciudad es el espejo del resto del país, así que sólo hay que multiplicar para hacerse una idea de los miles de colgados que viven en el país de las sonrisas. Pero lo sorprendente es cuando esa locura individual se convierte en colectiva y, de algún modo, se oficializa, se regula y se convierte en tradición. Hay tradiciones absurdas, hay tradiciones ancestrales, hay otras divertidas y otras dolorosas, pero en Nakhorn Nayok lo que manda la tradición es reencarnarse dentro de un ataúd rosa.

El domingo nos fuimos de excursión a rodar una pieza loca a cien km de Bangkok. La historia, que habíamos leído en el Herald Tribune, nos atrapó desde el primer momento. Un templo donde puedes reencarnarte por cinco dólares. Ahí había una historia absurda, loca y fascinante. En este caso la realidad no supera a la ficción, sino que la iguala. Porque un templo así sólo puede salir de una mente desvariada, pero visto lo que rodea al lugar, no sólo era un loco sino un genio en la empresa de hacer mucho dinero.

El caso es que en Nakhorn Nayok se reúnen hasta 800 personas por sesión, con dos sesiones diarias, para reencarnarse y dejar atrás los problemas de la vida anterior. No cambias de nombre, simplemente renaces a una nueva vida. En la entrada está la taquilla, cinco dólares, o lo que es lo mismo, 180 baths, es la tarifa que los amables monjes cobran por matar y revivir a la gente. Una ceremonia de hora y media, y todos de pie, en grupos de nueve, para encarar la muerte y resurrección dentro de uno de los nueve ataúdes rosas que presiden el interior del templo. Los monjes inician un cántico cansino en sánscrito, matan a los crédulos con una sábana blanca, y, tras tres minutos dentro del ataúd, los incautos se marchan convencidos de ser una persona nueva.

Y tras eso, una comilona. Que los monjes, habilmente, invitan a comer después de la ceremonia a todos los que se pasan por allí a reencarnarse, a curiosear, o, como nosotros, a rodar una pieza loca.

La pena es que no os puedo explicar lo que se siente dentro del ataúd, porque no entré, pero Ángel os lo puede contar, que renació, aunque yo le veo igual que antes, si acaso un poco más rubio.

Un beso

4 comentarios:

cesar dijo...

que no entraste??? quieres decir que no cabías? Estos enanitos asiáticos... que te devuelvan el dinero!!!

Anónimo dijo...

Si por cinco dólares ellos se sienten más dispuestos a cambiar sus vidas a lo mejor la cosa no está tan mal. Será cuestión de óptica, pero tendemos a pensar que la nuestra, cínica, descreída y racional es más válida. A veces no viene mal un poco de ayuda para fijar un punto de inflexión. O a lo mejor me equivoco al defender un timo como una catedral. Todo puede ser.

Anónimo dijo...

jajajajaja

Anónimo dijo...

¿Y la peña va a reencarnarse en pijama?
¡Qué osadía!

Fdo: Con un pie en Buenos Aires